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Requiem de Mozart

Wolfgang Amadeus Mozart
listado
Conciertos
52 min.
Italiano
FULL HD
Producción

Los actos conmemorativos que a lo largo del 2014 se llevan a cabo para recordar los 400 años de la muerte de El Greco, tuvieron el 20 de septiembre un broche de oro: La interpretación del Requiem que Wolfgang A. Mozart comenzó a componer poco antes de su muerte.

Dirigida por Ivor Bolton, y con la participación de la orquesta y el coro titulares del coliseo madrileño, la nave central de la catedral de Toledo acogió esta obra que el genio de Salzburgo dejó inconclusa, y que terminó su discípulo Franz Xaver Süssmayr. Encargada por el conde Franz Von Walsegg para ser interpretada en los funerales de su esposa, Mozart siempre pensó que se trataba de un juego del destino que le obligaba a componer la música que acabaría sonando en su propio funeral.

La catedral de Toledo vuelve a ser el escenario perfecto donde confluyen música, pintura y arte.

Intérpretes:

Camilla Tilling  soprano

Ann Hallenberg mezzosoprano

David Alegret tenor

Alastair Miles bajo

Coro Titular del Teatro Real

Andrés Máspero director del coro

Orquesta Titular del Teatro Real

Ivor Bolton director musical

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Carlos Álvarez, María Bayo, Alfred Reiter...

Ambientada en la España de los años 40, esta producción de Lluis Pasqual para el Teatro Real con escenografía de Ezio Frigerio y vestuario de Franca Squarciapino cuenta con un reparto de lujo encabezado por el barítono malagueño Carlos Álvarez en el papel protagonista.  Sonia Ganassi como Doña Elvira, la espléndida María Bayo en el difícil papel de Doña Ana y José Bros como Don Ottavio, papel por el que recibió en 2006 el Premio Lírico del Teatro Campoamor al mejor cantante de ópera, completan el plantel estelar de esta puesta en escena de la obra de Mozart y Da Ponte, dirigida por el maestro Victor Pablo Pérez y grabada en alta definición en el Teatro Real en la temporada 2005-2006.

Conciertos
NCPA de Pekín
Wolfgang Amadeus Mozart, Anton Bruckner
LÜ Jia, Sa Chen, NCPA Orchestra

En 1786, Mozart acababa de cumplir 30 años. No era consciente de que marcaría el principio del último capítulo de su vida. El Concierto para piano nº 20 se compuso en ese año, solo cinco años antes de su muerte, e incorpora todo el pensamiento musical de este joven genio en la cumbre de su poder creativo.
Tchaikovsky consideraba a Mozart el “Cristo de la Música”. Sus propias Variaciones sobre un tema rococó de 1876 fueron, en cierta manera, un tributo a Mozart, Haydn y demás compositores clásicos. Frente a la intensa pasión de muchas de sus obras más conocidas, esta pieza cautiva por su elegancia, remontándose a eras musicales anteriores en un claro gesto del compositor romántico. Bosques Silenciosos, de Dvorak, fue compuesta más o menos en la misma época y es un reflejo de la conexión profunda del compositor con su tierra, usando melodías de influencia bohemia.
La Sinfonía nº 2 de Bruckner se presentó por primera vez en 1873 y existen varias versiones de la obra. Sigue siendo la única de sus obras sinfónicas que no lleva dedicatoria y, al mismo tiempo, la primera pieza en la que sale a relucir su poderoso estilo musical. En 1868, Bruckner acababa de presentar su Sinfonía nº 1 en Linz, mudándose al poco a Viena, un viaje que llevaba tiempo deseando hacer. Cuando cinco años después presentó su Sinfonía nº 2 ya se acercaba a la cincuentena. Ese año también logró peregrinar a Bayreuth, donde por fin conoció a su héroe, Wagner. Mostró al venerado compositor su recién completada Sinfonía nº 2 y la Sinfonía nº 3 que aún estaba desarrollando, expresando su deseo de dedicarle a Wagner una de ellas. El compositor mayor comentó que la Sinfonía nº 2 era “muy bonita” pero parece que prefirió la nueva obra. Los nervios de Bruckner durante la reunión fueron tales que olvidó completamente por cuál de las sinfonías había expresado su preferencia Wagner y tuvo que escribirle después para confirmarlo. Finalmente, dedicó la Sinfonía nº 3 a Wagner, con intención de dedicar la nº 2 a Liszt. Liszt aceptó su dedicatoria pero después olvidó la partitura en la habitación del hotel. Esto hizo enfadar a Bruckner, quien decidió retirar su dedicatoria. En esta obra, largas pausas a menudo marcan la división entre frases musicales, convirtiéndose en otro distintivo de la sinfonía, hasta el punto de que a veces se la conoce como “la Sinfonía de las pausas”.

Ópera
Teatro Real
Wolfgang Amadeus Mozart
Kurt Streit, Patricia Petibon...

Con la participación del director musical del Teatro Real, Ivor Bolton, experto mozartiano, y del director de escena Claus Guth. Junto a ellos, la Orquesta Titular del Teatro Real.

Mozart acababa de cumplir 16 años cuando, en marzo de 1771, le llegó el encargo de componer Lucio Silla. Año y medio después había escrito todos los recitativos y se había personado en Milán, donde trabajaría en la música para las arias y comenzaría los ensayos. La tercera de sus óperas se estrenó en el Teatro Regio Ducal en diciembre de 1772 con un reparto que incluía algunas de las mejores voces del momento. No era para menos: la partitura, endiablada, solo está al alcance de cantantes con una sólida técnica vocal.

El libreto, que tan solo un par de años después retomaría Johann Christian Bach para componer su propia ópera, se ciñe al modelo de opera seria habitual en la Europa del siglo XVIII, y propone la magnanimidad como el valor moral alrededor del cual hacer girar la trama. El dictador romano Silla –papel inspirado en el personaje histórico homónimo– trama valerse de su peso político para conquistar a su amada Giunia, hija de su acérrimo enemigo. Ella, sin embargo, tiene sus afectos puestos en Cecilio, senador exiliado por motivos políticos. La determinación inicial de Silla va resquebrajándose, dando paso a una compasión que acabará por hacerle ceder ante el amor e incluso a renunciar al poder. Las decisiones virtuosas, nos propone la ópera, siempre son las más acertadas.

 

* Título disponible solo en países no UE,  a excepción de España

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Ludovic Tézier, Barbara Frittoli, Isabel Rey...

Emilio Sagi dirige esta magnífica producción de la obra maestra de Mozart y Da Ponte, ambientada en los palacios y patios de Sevilla y bajo la batuta de Jesús López Cobos.

No es la inspiración divina, como numerosas leyendas han propagado, sino un arduo trabajo el que lleva a Wolfgang Amadé Mozart a buscar durante mucho tiempo un tema adecuado antes de componer "Le nozze di Figaro". Otro tópico en torno a esta obra es que trata sobre los valores de la Revolución francesa, sin embargo lo que realmente subyace es el elogio del nuevo decreto sobre el matrimonio del emperador José II, el "Ehepatent" publicado en 1783. Este decreto contiene tres principios que fascinaron a Mozart: que el matrimonio se realizara por amor, que ya no se requiriera la autorización de los padres y que hubiera testigos de la boda, de ahí la hilarante escena en la ópera en la que Figaro está midiendo la habitación donde apenas cabe la cama y de repente aparece un coro de veinte personas, todas ellas testigos. Tanto Mozart como Da Ponte eran conscientes de la importancia de semejante edicto de cara a la modernización de la sociedad, pero también sabían que el impulso erótico del ser humano es difícil de domesticar, por lo que no iba a ser fácil de observar.

De la imposibilidad del ser humano por alcanzar la utopía nace a menudo la melancolía. Melancolía presente en la ópera porque además todos los personajes salen perdiendo: la Condesa, el amor; el Conde, el poder; Figaro, su velocidad; Cherubino, la inocencia, y Barbarina, la virginidad. Estos finos hilos que tejen la complejidad de la obra desembocan en una humanidad casi beethoveniana a través del perdón impulsado por la fuerza de las mujeres, como ocurre con las protagonistas de las películas de Almodóvar.

El tratamiento de los ensembles que Mozart desarrolla en esta ópera, la purificación de la melodía italiana y el perfeccionamiento de la sinfonía alemana convierten "Le nozze di Figaro" en una de las obras maestras cimeras de la historia del género junto a  "L’incoronazione di Poppea", "Tristan und Isolde", "Falstaff" y "Wozzeck".